“Ponte esta ropa”, abigarrada y fantástica narración de Jorge Echeverría

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POR JOSÉ NATIVIDAD IC Xec, editor y director de elChilamBalam

Los escritores mayas Lázaro Kan Ek y Jorge Echeverría Lope, en un evento literario en Maní organizado por Feliciano Sánchez Chan

Los escritores mayas Lázaro Kan Ek y Jorge Echeverría Lope, en un evento literario en Maní organizado por Feliciano Sánchez Chan

Acabo de terminar de leer Bukinte nok’a’ (Ponte esta ropa, 1993) de Jorge Echeverría Lope (1947- ), escritor maya originario de Chunkanan, comisaría de Cuzamá. Lo he leído intrigado por un comentario de profesor Paul Worley, en que observa que es extraño que obras como Los secretos del abuelo, 2001 (de Jorge Cocom Pech) o Ponte esta ropa, 1993, de Echeverría no sean consideradas novelas… Acto seguido Worley ha tenido la cortesía de hacernos un copia del texto y enviárnosla a un grupo de aficionados a estos temas. 

Vino el comentario de Worley a propósito de nuestra nota publicada en elchilambalam.com y titulamos “Cecilio Chi’, la primera novela escrita en maya”. (Una cosa llevó a otra, pues unos días atrás había caído en mis manos ¡la novela! de Javier Gómez Navarrete lo cual me dejó perplejo, porque hasta entonces en la subcultura oficial de lo maya había atribuido este mérito a la escritora Sol Ceh Moo).

Ahora he leído Bukinte nok’a’ y puedes hacerlo también tú si DESCARGAS AQUÍ; tengo pendiente Los secretos del abuelo, de Jorge Cocom.

Mi opinión es que la obra de Echeverría es una novela corta. Sin preciarme de ser experto en el tema, pienso es posible que haya en la literatura maya actual cuentos que compiten en extensión con Ponte esta ropa, tales como El príncipe amarillo de Domingo Dzul, pero no compiten en complejidad.

Con una prosa que fluye muy natural, prosa abigarrada que las generaciones jóvenes les haría bien repasar, en Bukinte nok’a’ el aj ts’íib Echeverría narra la historia de un niño cuya vida transcurre pacíficamente en familia, aprendiendo el trabajo de la milpa.

Las enseñanzas del padre versan desde el quehacer en el terreno hasta la historia de la población cuyo nombre ya es bastante misterioso: Kankúul múul chak síinik che’.

Todo estaba bien hasta que el protagonista, el pequeño K’áankabil Juu, marcha una mañana al monte como siempre y se separa de su padre un momento con el propósito de “estrenar” un yúuntun [resortera, tirahule] que le había regalado su hermano (Na’at P’uus, inteligencia de corcovado) pero no lo logra porque es en este momento cuando la historia comienza a complicarse, cuando en las ramas de los árboles ve asomar y cruzar una banda de ardillas voladoras. Le confiscan aquí su yúuntun por Kalan Ku’uk (Cuidador de ardillas) y su oficio de “costurero” le vendrá a raíz de sus intentos por recuperar su arma nueva.

En las siguientes páginas, el lector se encontrará atrapado en una atmósfera fantástica donde los animales son interlocutores, donde el protagonista aprende los oficios de la milpa bajo el afectuoso cuidado de su padre (Chuk Wáay, el atrapador de Wáay) y de su hermano, y el lector mayahablante se encontrará con un mundo que es el suyo, diálogos cotidianos que son los suyos, así como la distribución del trabajo, la equidad en la distribución, las prioridades en el quehacer, los premios y consideraciones para los que cumplen el deber.

Un momento muy intenso es cuando el padre cuenta a su hijo la historia del pueblo que fue diezmado en el pasado por una enfermedad mortal que casi extingue a los niños, y se lo refiere a su hijo menor para que éste a su vez lo transmita a sus hijos en el futuro. En párrafos extraordinariamente extensos dentro del conjunto, Echeverría hace desfilar ante nosotros a los grandes jmeen, a los temidos pul ya’aj; presenciamos la discusión sobre las medidas que tomar para salvar al pueblo de la extinción. Vemos tender las sogas, colocar las ceibas, conocemos la función de las hormigas… y en las últimas páginas el lector conocerá de la boca de Kalan ku’uk  los orígenes del Wáay Póop y su diferencia con el Wáay Koot…

La conclusión fue un tanto abrupta sin embargo, y uno esperaría un poco más pero el autor lo ha querido dejar abierto el final con una frase sabia.

“Chen ba’ale’ tak’in k’askuntik winik. Le ola kin waliktech wa a k’at a bukint un p’é (el) nok’, bukint tak un p’é (el) uts náat, utia’al ma (y) uchu jeex uchik yéetel nojoch waay koot”.

[El dinero es lo que hace cambiar para mal a las personas. Es por eso que te digo, si tu deseo es vestir cierta ropa, revístete también de un pensamiento noble, para que no te ocurra lo que al gran Wáay Koot]

Editado en septiembre de 1993 por el Instituto de Cultura de Yucatán (ICY), la obra de Echeverría fue impreso en los Talleres Gráficos del Sudeste SA de CV, en Mérida y el tiraje fue de 1000 ejemplares.

Bukinte nok’a’ ganó el Premio Anual de Literatura en Lengua Maya Itzimná en 1992 y los miembros del jurado fueron Santiago Domínguez Ake, Miguel May May y Andrés Tec Chi.

Sin duda, es necesario abarcar un poco más en el tiempo para examinar las obras que podríamos considerar novelas en lengua maya. Lo cierto es que no fue después del año 2000.

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