La mujer marcada por la muerte

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Gaspar sobrevivió a un mal de ojo que debió ser fulminante. “Ya está como un cadáver”, musitaba mi madre, quien cuidaba a su nieto y ensayaba con él todo tipo de remedios junto con mi cuñada.

Todo ocurrió en unos días. El niño dejó súbitamente de tomar pecho y llegaron las calenturas, los vómitos y las diarreas, y dejó de aceptar líquidos. Medicamentos iban y venían. Todos fracasaron. Cuerpo flácido, ojos cerrados y hundidos del infante. Todo estaba perdido.

Un jmeen declaró su incompetencia: “A este niño le han hecho mal de ojo, pero no un mal de ojo común. La persona que lo hizo tiene un poder extraordinario. No puedo curarlo yo, pero ella sí. Búsquenla y pídanle que le sople y le escupa ruda”.

¿Buscar a una persona a quien no conocemos? Todos empezaron a hacer memoria. ¿Por dónde anduvo el niño unos días antes de que se enfermara?, ¿qué personas calurosas vinieron de visita a la casa y no le soplaron nueve veces?, ¿qué personas cruzaban la calle cuando él estaba visible? Fue un ejercicio arduo para los adultos de la familia.

El esfuerzo valió la pena, pues finalmente alguien identificó a una mujer. Una fémina que no era de la población, pero que venía esporádicamente a Peto para trabajar en un prostíbulo al que se llegaba tomando toda la calle 32 hasta el fondo, atravesando un descampado que hoy es un campo de fútbol, y adentrándose en un pedregoso camino.

Ilustración de Diana Itzel Montes Gómez

Ilustración de Diana Itzel Montes Gómez

Mi cuñada la abordó en la calle un mediodía cuando llegaba y le preguntó si le haría el favor de “escupirle ruda” al niño que agonizaba. La mujer la miró sorprendida y de pronto estalló en carcajadas: “Si a ese pendejo ni siquiera lo miré bien”, exclamó como si se tratara de una broma.

Y le contó a mi cuñada: “Señora, dé gracias a Dios que apenas lo vi de reojo. Le diré que cuando yo miro a los niños los mato. No me enorgullece, pero así ocurre y no es a propósito: simplemente así me hicieron. Podría decirse que estoy ‘curada’ y lo estoy desde niña”. Y refirió un episodio de su infancia: “Cuando era pequeña, mi mamá me tomó un día de la mano y me llevó a donde los gallineros. Tomó con el dedo el excremento fresco de los pavos y pronunció unas palabras que no recuerdo mientras hacía una cruz en mi frente. Desde entonces soy así. Camino por la calle sin mirar a la gente porque sé que mi mirada puede matar a los niños”.

Ella accedió a darle ruda al menor, quien increíblemente buscó el pecho materno horas después, marcando el inicio de una recuperación vertiginosa que dejaría sin habla al mejor de los médicos, porque el niño ya estaba “medio muerto”.

Escupirle ruda a una persona es un proceso realmente asqueroso, pero la gente del pueblo no lo ve así y menos cuando está en apuros de esta naturaleza. El procedimiento es el siguiente: los papás del niño deben tener a mano un ramo de ruda que dará a la persona que la administrará. Ésta la mastica pausadamente hasta que la yerba queda completamente fina. Finalmente toma aire hinchando las mejillas y la escupe sobre la cabeza del niño.

Esta administración de ruda puede hacerse una vez durante tres días o nueve veces, según el consejo de los mayores o del jmeen. Y los niños se curan. La ruda se seca en la cabeza del menor y se va cayendo sola en fragmentitos.

El mal de ojo es terrible para los menores, sobre todo para los lactantes. Para prevenirlo, los mayores evitan que los niños estén expuestos a la vista de la gente que viene bajo el sol intenso. Si se trata de una visita, el recién llegado sopla nueve veces en la cara del menor para que éste no se enferme. Si esto ocurriera entonces se acude a la ruda.

En las poblaciones rurales el mediodía es el más temible para los niños. Cuando suenan las campanas de la iglesia, los menores, dondequiera que estén, corren a reunirse en la cocina, donde juntos con la mamá rezan un Padrenuestro y un Avemaría, y dan las buenas tardes a las personas mayores. El mediodía es una hora peligrosa porque es el momento en que salen los malos vientos y la hora en que el campesino regresa del campo impregnado de energías desconocidas durante su estancia en los montes.

Nunca conocí en persona a la señora de esta historia y, ahora que lo pienso, tampoco me gustaría conocerla. Sin embargo, su imagen de mujer diabólica es fascinante y ocupará siempre un lugar en mi memoria. ¿Qué será hoy de ella si es que vive?
(Una historia que forma parte del libro “La mujer sin cabeza y otras historias mayas, Ciesas, 2012.)

Una mirada que mata a los niños
“Cuando era pequeña, mi mamá me tomó un día de la mano y me llevó a donde los gallineros. Tomó con el dedo el excremento fresco de los pavos y pronunció unas palabras que no recuerdo mientras hacía una cruz en mi frente. Desde entonces soy así. Camino por la calle sin mirar a la gente porque sé que mi mirada puede matar a los niños”
POR José N. Ic Xec

José Natividad Ic Xec es director de elchilambalam.com y Mayapolitikon.com.

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