Xtampak, la misteriosa ciudad perdida de los mayas

Un paseante posa frente a emblemático edificio en Xtampak, Campeche

Un paseante posa frente a emblemático edificio en Xtampak, Campeche

Apenas habíamos salido de la carretera federal larguísima, que parecía nunca tener fin. Apenas habíamos quebrado a esa vía estrecha pero en buenas condiciones que nos llevaría, al fin, a la famosa Santa Rosa Xtampak (Campeche) cuando aquel pavo montés se descolgó de una rama grande y tupida y vino a caer frente a nosotros. El frenón del automóvil fue leve porque íbamos a baja velocidad en aquella carretera desconocida, pero el susto fue grande porque estábamos en una reserva.

Aprovechamos habernos detenido para meternos en el montecillo para orinar luchando contra los tábanos que abundaban en aquella hora, y nos disponíamos a continuar nuestro camino cuando vimos aparecer a aquel campesino que venía a pie, sabucán de sosquil en el hombro derecho.

Nos saludamos y rápidamente entablamos conversación a la sombra de los árboles, y así supimos de los jaguares que meroean por estos rumbos, de la misteriosa ciudad perdida de los mayas (Xtampak’), sobre el jmen que bailaba en el fuego del píib, sobre el médico que todos tenían por el gran póop.

“Ay amigo, usted hubiera visto estos caminos y estos montes hace 40 años… En los campamentos de quienes exploraban y hacían trabajo en donde están los múul –pirámides– y en los campamentos de los que construían la carretera. Hoy todo está muy fácil de transitar. Los espantos casi han desaparecido pero no se confíe”, me contaba en lengua maya.

Detalles en Xtampak

Detalles en Xtampak

“Entonces usted va a Santa Rosa Xtampak. Pues vea usted. Cerca de aquí hay una pequeña población que se llama Santa Rosa, es por eso que se llama así el lugar de los múul. Pero esas pirámides que verá no son todas. Las mejores siguen perdidas, y los que andamos por estos rumbos lo tenemos en cuenta por si nos topamos con la cueva donde están escondidas..”

–¿Escondidas? –pregunté, ya más interesado en lo que nos contaba nuestro nuevo amigo.

–Bueno, no exactamente. Pero no están a la vista de todos. Verá. Muchos de los que transitamos estos caminos provenimos de Hopelchén, nosotros poblamos estos lugares, y los de Hopelchén a su vez vienen de otras tierras…

“Una vez, uno de los vecinos salió de caza como siempre y ya sabe (en realidad no sabía yo), salimos y estamos fuera varios días, dormimos en el monte, y no volvemos a casa hasta que tenemos una presa. Pues bien, el vecino, cuyo nombre se ha perdido, seguía una pista de venado cuando se nubló y cayó enseguida una tormenta que lo obligó a buscar refugio. Anduvo algún tiempo casi a ciegas hasta que de pronto vio una gruta de gran tamaño. Entró sin pensarlo mucho y se adentró más de lo necesario. Parecía que nadie había entrado a este recinto. Era el primero y estaba asustado podía haber entrado a un lugar donde están encerrados los malos vientos. Caminó hasta que vio una luz como de una mañana, una luz suave, no de sol, y era muy agradable decían, y en el fondo vio un grupo de pirámides. Las piedras más bonitas que se había visto el vecino en todas sus caminatas en estas zonas de antiguas pirámides. Anduvo entre ellas y quedó muy admirado y quiso salir de inmediato y llevar la buena noticia de su hallazgo, sin importarle el aguacero que apenas había amainado.

En su casa, lo recibió su esposa muy contenta. Se bañó con agua tibia y cenó al mismo tiempo que contaba muy entusiasmado su descubrimiento. “Esas pirámides que cuidan mucho los arqueólogos no son nada junto a las que vi”, decía. Y pronto la noticia corrió entre los vecinos, y se formó un grupo de cazadores que lo acompañarían apenas mejorara el tiempo para explorar dicho lugar.

“Pero, ay, Dios mío, las cosas que suceden”, continuaba nuestro amigo. “Amaneció y el cazador tiritaba de fiebre, y el viaje se pospuso en espera que se restableciera. Pero su fiebre no cedía, y él no dejaba de hablar de aquellas pirámides que estaban en las grutas, en las profundidades de una misteriosa cueva.

Murió el cazador pero los vecinos no se dieron por vencidos y organizaron brigadas para barrer el área que había mencionado el extinto explorador. Xtaampak’, dicen. Taam, hondo, en el fondo; pak’, pared, construcción. Las construcciones que están en lo hondo o al fondo de un recinto.

“A los visitantes les explican que Xtampak quiere decir “muros viejos”, pero no señor. Esos señores del INAH no conocen la maya pero tampoco preguntan, y los paseantes todo lo creen”, comenta sonriendo, hablando con naturalidad, como quien sabe lo que dice.

Entrada a la zona arqueológica

Entrada a la zona arqueológica

Nos despedimos después de poco más de una hora de charla. Compartimos nuestra agua de la nevera y el nos compartió una miel recién cosechada de un jobón allá en la selva, que sólo él sabe dónde está. “Esta miel es medicinal, lo dejará a usted como nuevo”, me dijo. Y todos le creímos. Nos despedimos con alguna dificultad de aquél narrador pues teníamos que llegar a la zona arqueológica que dista poco más de 32 kilómetros de la vía federal, y cerraban a las 17 horas…

–Xtampak’ bin –decía la gente, y se pasaban la voz, y se fue quedando aquella voz en la memoria, y aun hoy cuando el cazador recorre los montes se pregunta en dónde estará aquella gruta misteriosa. “Algún día aparecerá”, se dicen convencidos.

–Xtampak’….

Según la web del INAH, Santa Rosa Xtampak se encuentra cerca del kilómetro 79 de la Carretera Federal No. 261. Para llegar debe tomarse la desviación a un camino pavimentado de 32 kilómetros que lleva directamente al sitio abierto de lunes a domingo, de 8 a 17 horas. El precio de la entrada general es de 40 pesos.

 

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