Los mayas son expertos en sobrevivir a las hambrunas

Félix Cocom durante su inspirada narración.

Félix Cocom durante su inspirada narración.

Tenía diez años Félix Cocom cuando conoció la hambruna que trajo la langosta (sáak’) en su natal Santa Elena, la antigua y misteriosa Nohcacab, vecina de la “tres veces construida” Uxmal. “Cuando la langosta llegó los elotes estaban tiernos. Todo se lo comieron. Cuando se agotó el alimento que las familias tenían guardado tuvieron que salir a buscar con qué remediar el hambre de los hijos y el suyo mismo”, nos cuenta durante una conversación que sostuvimos en su domicilio donde nos recibió cálidamente.

“Allá en la carretera principal en donde hoy está una escuela, la gente iba en multitudes a escarbar para extraer la yuca que se comían ahí mismo sin cocer. Tubérculos como la yuca, camote y jícama aliviaron el hambre durante algún tiempo”, recuerda mientras el anciano mientras se abanicaba con su sombrero.

“Luego los mayores descubrieron el k’úumche’, un árbol bastante generoso cuya pulpa se extraía y se preparaban tortillas o atole con ella. Luego se acudió a los frutos del ramón. Lavados y hervidos lo comíamos como dulce”, cuenta el abuelo, hoy de 81 años. “Fueron tres años de hambre. Los que se enfermaban de gravedad simplemente morían. No habían médicos ni otros servicios de otro tipo”.

xiimbal maak

Pies campesinos

Sin embargo, cuando iban a cumplirse los tres años de hambruna llegó al pueblo un hombre de rostro pecoso, acompañado de su mujer. Se hacía llamar Enoc, nombre bíblico. El anunció que en breve iba a acabarse la hambruna y que desde entonces el pueblo nunca volvería a ser asolado por la langosta. Pronosticó que a partir de entonces comenzaría una etapa de prosperidad continua.

Sus predicciones se cumplieron, dice admirado don Félix, y fue así que desde entonces en Santa Elena tienen a este extraño Enoc por profeta. Poco tiempo después de su predicción, un programa de gobierno para abrir la carretera a Campeche proveyó de empleo a los hombres del pueblo.

“Mi propio padre trabajaba en las obras. Desde la mañana hasta la tarde debía cumplir una cuota de 90 carretillas de materiales. Su salario era de 3.5 pesos, los cuales abonaba a su cuenta en la tienda principal del pueblo sólo para tomar más mercancía… ”, agrega nuestro anfitrión quien nos invitó a visitarlo con más frecuencia con el fin de compartirnos su sabiduría en la medicina antigua de los mayas.

Habíamos llegado a Santa Elena para visitar al abuelo, desde hace mucho tiempo recomendado por amigos que lo conocen. Al fin estábamos frente a frente y ahora nos narraba como un profesional los acontecimientos de su vida, que es también el de este pequeño municipio de Santa Elena, que dista a unos kilómetros de Uxmal.

Aquí, el paseante con sensibilidad histórica (o sin ella) puede pasar una mañana muy interesante recorriendo los rincones mágicos de la población.

En el mismo edificio de la parroquia hay habilitado un museo en donde puede apreciarse las momias de infantes, copias de piezas arqueológicas relacionadas con la zona maya y explicaciones sobre el henequén.

Visto desde afuera el edificio de la iglesia es imponente por estar edificada sobre un cerro, y en nuestro caso fue lamentable que no pudiéramos ver el interior por estar cerrada.

La antigua Nohcacab fue siniestrada tres o cuatro veces durante la llamada Guerra de Castas y para la gente una “casa quemada” (eele naj) cobró un significado especial. No se sabe a ciencia cierta cuándo Nohcacab comenzó a llamarse “la casa quemada” (eele naj pero anteponiendo ya el “santa”) pero parece que ya se le ha quedado definitivamente.

Es nuestra intención volver pronto a visitar a nuestro amigo de Santa Elena Nohcacab y completar varios relatos que quedaron inconclusos a causa de nuestro escaso tiempo.

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