“Se dispara al pavo de monte que anda solo”

Los pavos del monte

 

Quizá esperanzados en que los hombres que protegen sus montes también los protegen a ellos, la familia de pavos del monte salió al camino principal a darles la bienvenida para cuando pasaran con rumbo a la sabana. Pero los hombres apenas los vieron, gritaron de júbilo y alistaron las armas. Un primer tiro derribó a un joven kuuts. Un segundo tiro lo remató mientras sus hermanos corrían asustados, los inocentes, sobre el camino blanco, sin ocurrírseles meterse en la espesura.

¡Coño, que pendejos cazadores de verdad!, exclama Yuum K’áax, el cuidador de los montes.

En realidad, en la camioneta una vocecita de algodón había discrepado, y señalado: “Son demasiados jóvenes, son demasiados jóvenes”. Pero el entusiasmo era creciente en los cazadores y los tiros continuaron pero errando el blanco.

Dos pavos yacen ahora junto a los pies del cronista. Uno de ellos agoniza aún, abriendo y cerrando el pico con dramatismo como si quisiera decir sus últimas palabras. No es tan hermoso su plumaje como uno se imaginaría. Apenas una veta verde brillante comenzaba a formársele en el ala.

¡Coño qué pendejos! , repite Yuum K’áax. ¡Dime quién fue el pendejo que comenzó a disparar! El cronista, sin ánimo de culpar a nadie, responde: ¡todos!, y Yuum K’áax explota con más fuerza: ¡qué pendejos!

“Nunca hay que disparar a los pavos del monte que andan en parvada”, dice ahora el Guardián de los montes mientras regresamos de la sabana, pisando con cautela sobre el tsek’el, sorteando las ramas espinadas, rifle parchado en sus espaldas, apuntando al cielo nublado.

“No tienen siquiera sabor cuando los preparen en guiso”, comenta ya más tranquilo. “Hay que disparar a los pavos que andan solitarios, sí señor. Son, generalmente, los machos y así les gusta andar: solos.

–¿Para nada se juntan a la parvada?

–Bueno, quizá solo cuando van a echar un palito…

A los jóvenes pavos, para que no se descompusieran muy rápido, se les sacó las tripas. “Busca un palito y se lo introduces en el ano”, instruyó un viejo a uno de los jóvenes cazadores. “Gíralo para que agarre bien, luego lo jalas y ya está”.

Puestos en lugar seguro los difuntos pavos, el grupo se interna en la sabana a paso rápido.

Un niño con un pañuelo rojo en la cabeza camina veloz siguiendo los pasos de su tía.

–Hasta un niño va con ustedes –dijo a tono de medio reproche un vecino horas antes, cuando el grupo iba de salida.

“Ellos van a heredar las tierras para cuando nosotros ya seamos historia”, le había respondido el más viejo, de botas de hule, pantalón y camisola de mezclilla barata, mientras clavaba sus ojos hacia el norte donde se extiende los montes del sur de Yucatán.

POR JOSÉ NATIVIDAD IC XEC

José Natividad Ic Xec es director de elchilambalam.com y Mayapolitikon.com.

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