La experiencia de vivir una “aventura extrema” en las sabanas de Ixil

Jóvenes descansan a la sombra de los árboles que crecieron en una isla en el centro del cenote, en Ixil

Tiene 65 años pero demostró fortaleza de treintañero durante las horas de marcha, y lo presumió a los que lo seguíamos jadeando en las sabanas bajo del sol tibio del amanecer, a los que nos arrojábamos a la sombra de un pequeño árbol bonsái apenas nos deteníamos a esperar a los que venían rezagados.

Es verdad que salimos de Ixil cuando aún no clareaba. La cita era a las 4:40 de la mañana. Algunas estrellas contemplaban todavía las techumbres de Ixil cuando salimos montados en dos camionetas y nos adentramos a los montes y luego a la sabana tupida de k’oxol aak’ (los bejucos de los moscos, en lengua maya) siguiendo los pasos de nuestro guía, don Cecilio Cisneros.

En las albarradas que separan las tierras del ejido de las “tierras nacionales” recibimos las primeras instrucciones y caminamos hacia el Oriente. El camino era pedregoso y sólo de vez en cuando la vereda se cerraba bastante y Cecilio debía echar mano al machete. El cronista, buscando lo seguro, procuraba no perder el paso del guía quien no paraba de hablar durante la caminata.

UN FRAUDE DE REFORESTACIÓN

En estas tierras creció Cecilio y desde muy joven arreaba las reses de su familia por estas tierras pedregosas, tierras áridas y solitarias en apariencia.  “¿Ves esos árboles?”, me dice y señala con el dedo. “Son los árboles con que dizque reforestaron hace 30 años esta área que fue arrasada por un incendio. Fue un fraude. No funcionó como lo estás viendo”. Y apunta a un árbol chaparrito que “no logró desarrollar”.

Seguimos avanzando. A unos metros delante de nosotros alzan el vuelo algunos pavos de monte y nuestro guía se lamenta. Pero cómo no poner sobre aviso a las aves si el grupo venía animadamente conversando.

Los paseantes en los límites de las tierras nacionales y del ejido de Ixil, antes de emprender la marcha hacia las sabanas, hacia la costa, en Ixil

Los paseantes avanzábamos en fila india y de cuando en cuando el grupo que viene al final se atrasaba y los que íbamos adelante nos deteníamos a esperar. Todos venían tejiendo sus propias historias mientras colectaban plantitas para su casa al regresar.

Cecilio nos muestra unas huellas. “Esto que ven son huellas de pavos. Son recientes”. O bien: “Esto que ven son huellas de venado. Esa área es la predilecta de los cazadores”, dice. “Para que te hagas una idea, en el día de la Santa Cruz [3 de mayo] los vecinos de Ixil trajeron veinte venados”. Pero uno mira la espesura y no parece lo bastante abigarrada como para esconder venados. ¡Que desprotegidos debían estar durante esta sequía!

Más adelante, un grupo de compañeras descubre las huellas de un jaguar y las de un venado, y hacen un corrillo para comentarlo y traer otras historias. “Por aquí seguramente el jaguar persiguió al venado”, dicen emocionadas y escudriñan el rastro como expertas.

Pero salvo la parvada de pavos que vimos huir no tuvimos la fortuna de ver más animales, salvo los pequeños cocodrilos en el cenote y el canto lejano de alguna xk’ook’ que clamaba lluvias que se negaban a caer.

LA TIERRA QUE DIOS NOS DIO

“Mira esta tierra que Dios nos dio”, dijo Cecilio al cronista poco antes mientras caminábamos sobre enormes lozas de piedras, como si misteriosos p’us (corcovados) las hubieran colocado deliberadamente unas junto a otras para proteger la tierra del sol.

“Dime qué podemos cultivar en estas tierras”, exclama Cecilio, emocionado. “Seamos francos”, admite: “nada puede cultivarse en esta tierra”. Toma aire y agrega: “Pero no por eso se la vamos a regalar a esos desgraciados que se la quieren apropiar para su parque eólico con lo que nos dejarán sin nada y ellos ganarán dinero indefinidamente, y nosotros como si no existiéramos”.

Se refiere Cecilio al Gran Despojador del ejido de Ixil, al hombre que en marzo de 2014 obtuvo de ellos una “carta poder” para –según prometió– ayudarles en las gestiones del ejido, pero su verdadero propósito era apropiarse de todas las tierras. El propio Cecilio encabezó la resistencia entonces, él fue quien se plantó ante sus compañeros de ejido para explicarles el fraude, él fue quien encabezó la lucha legal para recuperar el ejido, las gestiones de recuperación y él fue quien recibió al fin el manojo de documentos que garantizan el regreso de las tierras a manos de los dueños legítimos.

Los paseantes avanzando en medio de las k’oxol aak’, en Ixil

Protegiéndose la cabeza solamente con una gorra, Cecilio camina a paso ligero, machete al cinto, un morral de lona que alguna vez fue blanco, atado con sogas, y en el hombro derecho el rifle con que pensaba cobrar alguna presa. El cronista apura el paso para no rezagarse pero también para seguir escuchando. Más tarde, durante el regreso, conversando con una jovencita el narrador pudo decirle: “Es posible que por un asunto generacional no les simpatice mucho don Cecilio, pero hay que admitir que quienes quieren conocer bien su territorio y su historia nadie como él es el más indicado”.

Debíamos caminar primero hacia las llamadas Trincheras, pasar por una aguada, donde tomaríamos aire, y continuar hacia el cenote sin nombre donde permaneceríamos disfrutando hasta que bajara el sol. Y entonces emprenderíamos el regreso al punto de partida por una ruta diferente y más corta.

TRINCHERAS CONTRA PIRATAS

Después de las Trincheras, cuya historia de Cecilio coincidió con la versión de los estudiosos (de que fue construida para detener el avance de piratas), llegamos a una aguada. A flor de tierra, el manantial parecía un gran charco. Alrededor había una vegetación tupida. Cada quien buscó un pedazo de sombra. Descansamos como pudimos y poco antes de retirarnos del sitio Cecilio prendió fuego a un montón de huanos caídos. El fuego en seguida se alzó crepitante, lamiendo las alturas y minutos después se extinguió. “Ahora las víboras saldrán corriendo”, decía mientras veía arder las palmas secas. “Porque esto es un nido de víboras”.

Junto a las llamadas “Trincheras", la primera estación del paseo en la sabana de Ixil

Reanudamos la caminata siguiendo la ruta fijada. Todos llevamos el agua justa y el sol escalaba de prisa al centro del cielo. Nos parecía que era ya el medio día pero en realidad eran las 10 de la mañana. “No se preocupen, cuando lleguemos al cenote podrán rellenar sus botes”, nos tranquilizaba  Cecilio a quienes ya nos preocupaba el botellón casi vacío, y así fue en efecto. Varios no estábamos muy convencidos de la calidad del líquido, pero finalmente recogimos del ojo de agua que borboteaba suavemente, y bebimos. ¡Ah, fresca agua dulce y salada, espesa, agua sabor a barro y a yerba!

Un día antes, una amiga que también iba a ir a la caminata había dicho: “Si llega un momento en que ya no soporte el sol me quedaré a esperarlos bajo un árbol”. Pero no fue y se salvó del sol porque árboles no hubo. Enorme descampado es la llanura, tierra árida, luego tierra arenosa de costa donde sólo crece ese pastizal alto y rígido que los lugareños llaman k’oxol aak’. Los árboles más grandes, los llamados k’anche’, parecían enormes pajarracos posados en tierra con las alas extendidas, achaparrados, por lo que los lugareños los llaman bonsái. Cuando nos deteníamos a esperar a los otros, nos metíamos bajo las ramas de escasas hojas de estos pajarracos. Cuando nuestra estancia se prolongaba un poco más en un sitio, algunos tendían toallas y sábanas sobre las ramas para hacer sombra. Como cuando nos detuvo un incendio al que alcanzamos en nuestra ruta. A esos árboles los llamamos k’anche’porque cuando florece da unas flores muy amarillas, explica Cecilio. De hecho k’anche’significa “árbol amarillo” en lengua maya.

Habíamos caminado bastante y el cenote siempre estaba ahí donde se veía una isleta de vegetación bien verde, donde nos señalaba Cecilio. Habíamos cruzado un tramo de zacatal donde tuvimos que andar en el fango, y luego otro tramo bastante alto que al pisarlo nos tiraba para arriba. Algunos resbalamos, debilitadas las piernas, aunque no caímos en tierra porque quedamos de bruces en la yerba.

La comida junto al cenote, en la meta del paseo por las llanuras de Ixil

Cuando logramos cruzar ese tramo fangoso, ante nuestros ojos apareció una extensión de k’oxol aak’ que ardía y el fuego nos puso nerviosos a pesar que estaba delante de nosotros. Lo peor es que no permitía orientarse y la isleta del cenote ya no estaba visible.

Era poco antes del medio día pero nuestro guía Cecilio observó tranquilo el escenario, oteó y se tendió sobre la yerba a ver que evolucione el incendio. “Pronto se apagará”, sentenció.

No era la primera vez que Cecilio veía fuego en las sabanas. Horas después, durante el regreso, nos señaló el campo abierto: “Como ven, esta área fue quemada en Pascua. Por dos razones: una, para que pueda transitar la gente y, otra, para alimentar el ganado pues éste prefiere el pasto tierno que retoña al poco tiempo, no este pastizal alto –que no es zacate– que parecen alambres.”

LAS QUEMAS Y LOS VIENTOS

Agregó: “Las quemas son comunes aquí. En dos o tres semanas ya el k’oxol aak’habrá crecido por lo menos una palma de mano y ya puede servir para el ganado”.

El fuego corría por la sabana y se alzaba crepitando ante los ojos asustados de los paseantes y el cronista que casi se dio por muerto, achicharrado. Mientras un grupo conversábamos qué convenía hacer, si quedarnos parados mirando o regresar sobre nuestros pasos, Cecilio seguía tendido en la yerba. Es verdad que es un hombre experimentado de los montes y sabe todo en el arte de la quema, pero ¡no era el dueño de los vientos! El fuego corría delante de nosotros y luego se abrió a nuestra derecha, luego un poco a nuestra izquierda… ¡qué tal si el viento cambiaba de dirección y venía hacia nosotros! Por fortuna no ocurrió y Cecilio lo sabía.

En la extensión quemada ya era fácil caminar y poco después, adelantándose nuestro guía a explorar –dejándonos atrás “para que no nos cansemos”–, no tardó en ubicar el mentado cenote que buscábamos. Un disparo al aire y varios gritos consecutivos nos reveló su posición y lo alcanzamos para disfrutar, por fin, del oasis.

El cenote estaba rodeado de vegetación y de cañaverales y las aguas se habían desbordado, haciendo fango en las orillas. Como pudimos nos acomodamos, los primeros en la escasa sombra, los siguientes bajo el sol del medio día. Cecilio se dejó caer sobre las cañas, “así se hace, mira”, decía al cronista animándolo a hacer lo propio. Se dejaba caer y los cañetes, como ellos lo llamaban, se curveaban y hacían una especie de cama.

COCODRILOS NENÉ EN EL CENOTE

La idea era disfrutar del cenote plácidamente recostados a las sombras de los árboles, bañarse, comer e incluso dormir, pero todos estuvimos de acuerdo en salir antes de tiempo. Bebimos agua del cenote, comimos como pudimos pero dormir fue imposible. Algunos cruzaron unas barreras y se introdujeron en el centro del cenote donde había crecido unos árboles, se remojaron, bañaron, tendieron alguna hamaca y se divirtieron. A nuestra llegada los primeros lograron atisbar a unos pequeños cocodrilos, que ellos llaman “juanchos” y les causó mucha gracia.

El regreso fue rápido, más corto en verdad, aunque también hicimos algunos descansos. Cecilio nos hacía bromas como que “nos falta caminar otras tres horas”. Pero llegamos a tiempo a nuestro punto de partida, donde bebimos cuanta agua había, cuanta gaseosa hubo con puñados de hielo que habíamos dejado en la camioneta,

Fue una verdadera aventura el paseo, esta caminata por las sabanas de Ixil, organizado por un grupo de vecinos que quieren mostrar al mundo las bellezas y atractivos naturales de sus tierras. Hay muchas cosas todavía por hacer para ponerlo al gusto de eventuales visitantes citadinos, pero ya es una oferta aceptable para los más audaces, para los amantes de la aventura. Salimos poco después de las cinco de la mañana y regresamos alrededor de las seis de la tarde, exhaustos pero alegres de haber vivido una “aventura extrema”.

Una tierra que no se regala
"Dime qué podemos cultivar en estas tierras”, exclama Cecilio Cisneros, emocionado. “Seamos francos”, admite: “Nada puede cultivarse en esta tierra”. Toma aire y agrega: “Pero no por eso se la vamos a regalar a esos desgraciados que se la quieren apropiar para su parque eólico con lo que nos dejarán sin nada y ellos ganarán dinero indefinidamente, y nosotros como si no existiéramos”.

Cecilio Cisneros avanzando entre el k’oxol aak’ de las sabanas de Ixil, guiando a una comitiva

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