La “señal” del poeta

Integrantes del Grupo de Teatro Maya Wáay, acompañados por la maestra Teresa Pool, en Conkal en 2015. A la derecha aparece Isaac Carrillo, el Wáay Chivo

XOCEN, Valladolid, 3 de febrero (elChilamBalam).– “Si en verdad has muerto mándame una señal para convencerme de que en verdad has muerto”, decía Elvira con una voz emocionada, pero contenida. Su voz era suave, las manos juntas, pegadas contra el pecho. A unos pasos de ella, tomando una distancia respetuosa de su mujer, esperaba su esposo, dejando a Elvira que buscaba la verdad.

Terminada nuestra participación como “cuentacuentos” en la Cuarta Pajareada Maya, la primera de 2018 que organiza la cooperativa Yucatan Jay, en Xocen, el cronista se despidió como pudo de los anfitriones (el lugar estaba a oscuras) y abandonaba las instalaciones cuando una voz dulce lo detuvo.

Su nombre es Elvira y fue alumna de Isaac Esau Carrillo Can en algún momento del pasado.

“Maestro, usted ha mencionado al maestro Isaac… Usted ha dicho que falleció recientemente… Dígame como sucedió… ”

Luego de una breve conversación, después de algunos comentarios, le referí someramente lo que sé de los últimos días de vida de Isaac Carrillo, el exquisito poeta maya, autor de U yóok’ot Wáayo’ob, cofundador de la Compañía Itinerante de Teatro Maya Wáay, hoy rebautizada “Isaac Esau Carrillo Can” .
“Isaac enfermó gravemente de una pulmonía cuando estaba cumpliendo un compromiso en el centro del país como laureado poeta maya. Parece que se confió mucho en su fortaleza y su juventud y sólo se hizo atender, ya en Mérida, cuando su enfermedad se había agudizado. Se ingresó primero en una clínica particular adonde debía estar tres días pero no fue suficiente y de ahí fue trasladado al IMSS “El Fénix”, reconocido por su alta calidad. A pesar de las atenciones especiales, nuestro amigo falleció la madrugada del 23 de noviembre, llevado a su Peto natal al día siguiente, donde fue sepultado a media tarde el sábado 25 de noviembre”.

Esto fue más o menos lo que le referí a Elvira.

Arrobada, asintió en silencio y me contó, tras unos instantes de silencio, que amigas suyas le habían hecho llegar la noticia de la muerte de su maestro pero ella se negaba a aceptarlo. “El debía venir a visitarme en enero pasado y siempre cumplía sus promesas”, dijo. “No llegó. Ya había aceptado ser el padrino de los XV años de mi primera hija”.

“Maestro”, me dijo, “en las últimas semanas le he pedido mucho que me envíe una señal para convencerme de que ha fallecido. Pasó enero y no apareció, y dudada, pero ahora que usted lo ha mencionado en su charla, entonces lo tomo como su señal. Ahora sé que Isaac ha muerto”.

Pocas veces me he conmovido como esta noche. Mi joven acompañante estaba muy impresionado también. Le dije a Elvira algunas palabras de esas que uno dice en vano para aliviar una pérdida de esta naturaleza, porque ante la muerte las palabras poco valen o no valen.

Le obsequié mi librito La mujer sin cabeza y otras historias mayas que llevaba conmigo para que recordara este día, y para que recordara con ellos a su maestro.

Cuando íbamos saliendo ya subidos en el vehículo, el silencioso marido nos alcanzó a paso rápido para pedir que por favor le apuntara la fecha de la muerte de Isaac y escribiera también mi nombre para que no se olvidaran. Con tinta azul escribí arriba a la derecha de la primera página: “Isaac Carrillo. 23 de noviembre de 2017.” Y más abajo, discretamente, mi nombre.

El cronista, convertido momentáneamente en cuentacuentos este sábado 3, habló a los presentes sobre el poderío de los Wáay (los señores de la noche), lo cual permitió mencionar nuestro grupo teatral que nació como Wáay, pero que luego rebautizamos con el nombre de Isaac. Al hablar de los arux referí lo que había vivido con su arux propio, una interesante historia que nos refirió a muchos de sus amigos y que el cronista ha titulado “El pectoral del arux”.– Xocen, 3 de febrero de 2018.

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