"¿Votaste por mí?", pregunta el alcalde de Peto a una anciana que le pide ayuda

Fotografía Bernardo Caamal/ Victoria Bacab, de 82 años, conversa con Arux Duende del Mayab, en Peto

Fotografía Bernardo Caamal/ Victoria Bacab, de 82 años, conversa con Arux Duende del Mayab, en Peto

Cuando la abuela de ochenta años llegó ante el alcalde de Peto, Higinio Chan Acosta, a pedirle “una pequeña ayuda si está en sus posibilidades”, el funcionario público le disparó una pregunta que reveló toda su sensibilidad humana y social pero también su inteligencia: “¿Votaste por mí?”.

–Acaso ¿el voto no es secreto? –pregunta la abuela, quien se negó a responder la pregunta del profesor y le recordó que “el voto es secreto, así que no tenía que decírselo”. No lo dice, pero se sobreentiende que no recibió la ayuda que solicitaba.

En su campaña que realiza para ocupar esta alcaldía, el comunicador maya Bernardo Caamal Itzá, alias Arux Duende del Mayab, ha aprovechado la contienda para poner a la vista la pobreza extrema en que viven algunos sectores sociales de esta comunidad maicera y pionera en la expulsión de mano de obra a Estados Unidos, así como el sentido crítico que tienen estos sectores donde los beneficios no han llegado en mucho tiempo.

Victoria Bacab, de 82 años, lavaba cuando el Arux Duende del Mayab llegó para conversar con ella. Ella no se amedrenta en denunciar. “En este pueblo se vive mucho sufrimiento, basta con salir a la calle para verlo”. Y relata que el día anterior había salido a vender mangos y vio el enfrentamiento de dos hombres a machetazos. Pero lo peor del caso es que las autoridades rehuyeron intervenir porque tienen miedo. (Y esto es vox populi en la población.)

“¿Acaso no fueron elegidos para eso?”, pregunta la abuela.

Vive la señora una historia dolorosa. Ella, de 82 años, debe trabajar para mantener a su esposo de 90 años. “Así como ves, cuando termine de lavar debo salir a buscar qué vamos a comer, ¿crees que tengo muchas energías después de haber lavado, y a mi edad? Pero debo hacerlo porque tenemos que comer.”

A veces va a la milpa, otras veces sale a vender frutos de sus árboles, otros sale a mendigar un bocado.

Trece hijos tiene la abuela, pero ninguno se acuerda de ella. Mientras lava, muy cerca de ella ha colocado su sencillo teléfono celular por si alguno de sus hijos se acuerda y le llama para saber cómo está y qué necesita. Pero es muy improbable.

“Cuando salgo a mendigar alguna cosa para comer, la gente me dice ¿acaso no tienes hijos? ¿Dónde están tus hijos?”, entonces es muy doloroso, cuenta a su interlocutor. “Yéetel u yook’olil kin máan”, dice: “con lágrimas en los ojos ando”, dice.

En la colonia San Fernando de Peto, la anciana debe lavar con agua que le hacen el favor de llevar de regalo porque ella simplemente ya no puede ir por ella. “Si me lo traen bien”, señala. Hace más de dos años que no llega aquí el agua pero a las autoridades no les interesa.

“¡Qué le vamos a hacer!, exclama. Tuvimos hijos inconscientes de sus deberes hacia sus padres y ya estamos viejos, y las autoridades no pueden uieren] ayudarnos”.

Y remata con una frase tan bella como dolorosa, para señalar su entrega a sus hijos ingratos: In ki’ichkelem hijo tan wilik bix u ts’o’okol in wiin, es decir: “Hermoso hijo, ¿ves acaso cómo han acabado mis senos”.

“Son ustedes trece. A trece amamanté, pero ninguno de ustedes se acuerda de mí, de mis necesidades, que si tengo que cocinar, que si tengo algo de comer”, se lamenta.

“Es así, que aquí en Peto estamos viviendo una pobreza grande”.