"Los jmeen estamos habituados a tratar con los dioses"

El jmeen durante sus rezos, el sábado en la mañana en las instalaciones de XEPET en Peto.

El jmeen durante sus rezos, el sábado en la mañana en las instalaciones de XEPET en Peto.

El jmeen lagrima en el ojo izquierdo, y deja de hablar cuando lleva el dorso de la mano al rostro para enjugárselo.

Dueño del tiempo, habla sin prisa, respirando como un árbol que no conoce los relojes sino un único y supremo ritmo: el propio.

“Era muy niño cuando escuché cantar por primera vez a un jmeen. Desde entonces quedé prendido de ese arte”, cuenta en maya. No dice “arte” desde luego, pero en el contexto de su conversación “meyaj” equivale a “arte”. 

Recuerda que acudió con el jmeen y le dijo que quería aprender a cantar lo que él y hacer lo que él. Así comenzó a acompañar al nojoch máak (anciano) de su natal Tinum a las ceremonias del monte.

“Hay muchos tipos de cantos”, me explica. “Este que acabas de escuchar, tan sólo es un trozo de uno más largo”.

“Hay cantos especiales para cada caso, cuando vas a emprender un viaje, cuando vas a comenzar una milpa, cuando tomas un pedazo de tierra para trabajar… ”

En jmeen acaba de entregar a los dioses un pozole especial. Previamente una mujer disolvió con sus propias manos el sakab (un tipo de pozole) en una cubeta de agua. Luego se colocaron en la mesa 13 jícaras llenas de él. Diez jícaras del sakab y tres de vino sagrado (báalche’).

Mesa con 13 jícaras de ofrendas.

Mesa con 13 jícaras de ofrendas.

–¿Sabes por qué trece –me pregunta en corto. Respondo que no para escucharlo un poco más.

–Simbolizan a Jesús y a los 12 apóstoles –me responde.

–Y los número 9, 7, 3…

–Por lo mismo –me dice–. Cuando Jesús fue aprehendido casi todos lo abandonaron. Primero quedaron 9, luego siete, luego tres y luego todos huyeron.

Una explicación nada extraña. Basta leer los Chilam Balam para sentir por primera vez este sincretismo de la religión “pagana” con la “verdadera”, este intento de encajar en un nuevo universo, cosmológico y social.

El jmeen comenzó a familiarizarse con el arte sagrado y cuando tuvo que irse a otras tierras para ganarse la vida pudo ejercer su aprendizaje. “Llega un momento que en nuestro sueños se nos revelan los secretos. Los dioses se nos aparecen y cuando despiertas debes ser lo bastante valiente para no salir corriendo de tu casa. Porque es muy fácil tener miedo. En mi caso, comprendí que necesitaba ayuda y volví a mi anciano maestro que todavía vivía. Fue mi consagración porque él me enseñó y “pasó” todo lo que me faltaba para asumir mi verdadero papel”.

“Los jmeen”, añade, “estamos acostumbrados a tratar con los dioses. Cuando entonamos las rogaciones estamos viendo a las deidades desfilar ante nuestros ojos. Tú los ves pero los otros no. Por eso para nosotros una ceremonia es cosa especial y delicada, los otros no alcanzan a comprenderla del todo. Hay gente que quiere grabar los cantos, pero yo les digo que no está bien, que esto no es un espectáculo” (ma’ cha’ani’).

Me atrevo a sugerirle, aprovechando que se enjuga la humedad del ojo izquierdo.

–¿No cree que los niños de las ciudades tengan derecho a conocer estos cantos sagrados de nuestros sacerdotes mayas? Me mira y parpadea. Su mirada sencilla es como una laguna en quietud, ninguna emoción eriza sus aguas.

–Una vez quizá sí –responde. (Juntéene’ mi je’ele’)

Y continúa, siempre en maya: “Las rogaciones son eso. Invocamos a los dioses a venir y los invitamos a comer o a beber. ¿Qué crees que pasaría los invocas, ellos llegan y no ven una mesa con sus alimentos (sino sólo engañados por un audio que se repite una y otra vez?”

Consiento. Logro comprender un poco lo que dice y aunque lo escucho con un poco de escepticismo. “Los dioses mayas”, pienso, ¿a quién carajos le importa hoy día si no producen una ganancia en billetes”. Entre su voz y mi pensamiento se abre un abismo semejante al que hay entre el hombre antiguo que se alimenta de los cantos de sus dioses y del hombre moderno (cuyo espíritu me ha contaminado) para quien los dioses han muerto. O casi.

El jmeen hace una pausa. Me mira detenidamente y se vira hacia su plato para continuar comiendo su escabeche de pollo.

Luego, sólo una que otra pregunta informal entre bocados, todas interesantes y respondidas sin una “lógica” como quisiéramos. Una cosa es cierta: hoy día pocos hombres merecen nuestro respeto y éste es uno de ellos.

Un joven técnico maya comparte sus experiencias sobre la siembra y la Luna.

Un joven técnico maya comparte sus experiencias sobre la siembra y la Luna.

Viajamos a nuestro natal Peto para participar en el análisis de los registros del clima de los días de enero, datos que según el Xook K’iin de los mayas (cabañuelas en español) arrojarán un pronóstico sobre el clima de todo año en curso, el cual fungirá como guía para la ideoneidad o no de realizar siembras.

Los resultados preliminares no fueron alentadores, pero tampoco debía de alarmar, según dijeron los entendidos. Lluvias erráticas durante el tiempo de quemas podría retrasar las siembras.

Parte de los trabajos fueron transmitidos en vivo por las radios indigenistas de la CDI. Se enlazaron para las estaciones de Peto, Carrillo Puerto y Xpujil. Asimismo la incipiente K’iin Mayab, de Mérida. Una ceremonia abrió el evento, el k’u’ sakab, la ofrenda del pozole, el cual presidió el jmeen.

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