“Joo Ajaulel”: 62 fuentes sobre el error del nombre de Mérida

Por Carlos Evia Cervantes, arqueólogo social

Texto íntegro del arqueólogo social Carlos Evia Cervantes leído en la presentación del libro Joo, Ajaulel, el reino de Joo, Ichkaantijoo de Ángel Góngora Salas el 10 de enero de 2017, en el marco del V Simposio sobre Cultura y Patrimonio de Mérida.

Carlos Evia, Ángel Góngora y Fidencio Briceño, en la presentación de Joo Ajaulel, en el Olimpo

¿Cuántas veces se ha discutido sobre los nombres de las ciudades mayas y, en especial, el nombre de Dzibilchaltún y la antigua Mérida? Se ha repetido una infinidad de veces y por una gran cantidad de personalidades. Las aportaciones se han ofrecido tanto desde las tribunas académicas hasta los espacios periodísticos.

Lo difícil ha sido lograr un acuerdo sobre este punto y que los especialistas lo acepten o lleguen a un consenso. El libro que nos presenta el arqueólogo Ángel Góngora Salas que lleva por nombre Joo, Ajaulel, el reino de Joo, Ichkaantijoo es el producto de sus investigaciones, y alude precisamente al tema. Él mismo señala que ambos términos son utilizados para referirse al nombre original de una región y de su capital respectivamente.

El motivo de esta reunión es presentar el libro, pero quiero dar un contexto más personal sobre el autor antes de entrar al tema. Para el caso me voy a referir a las expectativas que los maestros de niveles profesionales tienen de sus alumnos

Cada vez que inicio un curso de Estadística en la Facultad de Ciencias Antropológicas y veo los rostros de los alumnos de nuevo ingreso, me pregunto ¿cuáles de estos jóvenes van a terminar su carrera? ¿Y cuántos van a trabajar en lo que estudiaron?

Hace ya algunas décadas vi a Ángel sentado frente a mí escuchando la clase de Estadística que hasta hoy imparto en la Facultad. Él estaba iniciando su licenciatura en Ciencias Antropológicas; siempre serio y atento. Alumno sumamente cumplido, como he tenido siempre en cada grupo. Pero un maestro no puede saber hasta dónde llegará un estudiante profesionalmente hablando.

El autor de la obra que hoy nos ocupa y la presencia de Fidencio Briceño Chel, otro alumno excepcional cuya valía profesional se fue legitimando y magnificando al paso del tiempo, responden cualitativamente a la pregunta hasta dónde puede llegar un estudiante de Antropología. La respuesta en estos dos caso en obvia: hasta el éxito.

Manifiesto con mucho orgullo, leo atentamente sobre los logros derivados de sus investigaciones y me hacen reflexionar sus atributos intelectuales que los convirtieron en los científicos que hoy día laboran en prominentes instituciones, como lo es el INAH. Mi profunda admiración por ambos.

Ahora entremos en materia. Desde las primeras páginas del libro Joo Ajaulel se advierte la confluencia de varias disciplinas antropológicas que sirvieron para realizar esta gran aportación: la lingüística, la arqueología, epigrafía y la historia.

Si bien cada una tiene su propia metodología, Ángel como arqueólogo logra rebasar sus probables límites disciplinarios y busca minuciosamente en esos campos la información que le permita probar su hipótesis.

Fray Diego de Landa, Fray Diego López de Cogolludo, Eligio Ancona aparecen entre los primeros nombre consultados pero la lista se va incrementado a lo largo de la disertación hasta reunir 62 fuentes para apuntalar cada uno de los argumentos de Góngora Salas. Además presenta las opiniones de otros especialistas ofrecidas en comunicaciones personales.

En una siguiente fase, Ángel explica el origen del error que llevó a deformar el nombre de la antigua Mérida y que se encuentra en las obras de los historiadores muy bien intencionados como Eligio Ancona, Juan Martínez Hernández, Justo Sierra O’Reilly y Robert Chamberlain. A pesar del repetido fallo y de las prominentes figuras que lo avalaron, Góngora sostiene que nunca se debió usar la preposición “ti” y que el apócope debió ser simplemente Joo.

Sin embargo, aquellos escritores nos fueron los únicos que incurrieron en la incorrecta denominación. En las siguientes partes de esta obra nos ofrece los casos de las múltiples formas como se le llamó al asentamiento donde hoy está Mérida. Así pasaron los siglos y este problema se fue haciendo más complejo.

Justo es mencionar que la mayoría de aquellos escritores, con nobles objetivos y deseosos de rescatar la historia de nuestra región, no contaban con la información que en la actualidad se ha reunido y la metodología científica no estaba plenamente desarrollada.

Algunas de las personas que estuvieron en la presentación de Joo Ajaulel en la Sala Audiovisual del Olimpo

Un aspecto que me pareció interesante en cuanto a los habitantes de Dzibilchaltún es que hayan permanecido, hasta cierto tiempo, en el lugar que habitaban desde antes de la Conquista. Esto es explicado en esta obra al mencionar que los Chablé, al igual que los Pech y los Xiu fueron aliados de los españoles en los intentos de conquistar de lo que ahora es Yucatán.

De lo anterior se infiere que los mayas estaban divididos y antagonizaban entre los distintos pueblos y linajes. Esta circunstancia fue aprovechada por los europeos para dominar finalmente a todos los habitantes del territorio. Pero, a los que establecieron alianzas, se les permitió que conservaran sus tierras y ciertos privilegios no concedidos a otros mayas menos afortunados.

El autor diserta sobre el glifo emblema de Joo y sobre los textos epigráficos que, por respeto a los especialistas, yo no tocaré. Pero sí se puede apreciar la intención de presentar la mayor información posible para sustentar cada aspecto relacionado con el tema y, por supuesto, hecho con el mayor rigor metodológico.

En relación con el tema Ángel hace una pormenorizada descripción del sitio arqueológico de Dzibilchaltún y explica las relaciones del reino de Joo con otras entidades políticas como Acanceh, la Comarca Tzemé, el Territorio de Dzilam, el Reino de Ekbalam y Chichén Itzá.

Después de toda la información presentada, Góngora Salas, ofrece sus conclusiones. Creo conveniente dejar a cada posible lector el sabor de la sorpresa que ellas implican. Pero advierto que no son simples ni definitivas.

Como buen arqueólogo, Ángel deja muy clara su posición pero simultáneamente permite un margen para las dudas; estrategia que demuestra la capacidad que tiene para arribar a nuevos conocimientos sobre el tema y al mismo tiempo exhibe con humildad, los límites que la investigación tuvo.

La edición de esta obra es impecable, pues se cuidaron todos los detalles de la impresión y las imágenes demuestran el uso de las modernas tecnologías. Los apéndices enriquecen el contenido y aclaran muchos asuntos mencionados en el cuerpo del texto. Desde mi punto de vista, la forma y el fondo fueron cuidados y armonizados en este libro.

Por mi parte, recomiendo mucho la lectura de Joo Ajaulel, especialmente a aquellas personas que desean ahondar más en este tema tan polémico pero que ahora lo harían de la mano de un especialista.

Decirle felicidades a Ángel es casi una obligación que hago con mucho gusto pero expresar que con este libro realizó una gran aportación a la arqueología y a las ciencias sociales, es deber de suma honestidad. Además fue un placer disfrutar el viaje al pasado prehispánico en cada página y a través de las imágenes. Solo me resta desear ojalá lleguen a la Facultad de Ciencias Antropológicas más alumnos como mi querido amigo Ángel Góngora Salas.

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