El rugido del jaguar hace "hervir la sangre"

Minelia Xiu en los límites con Campeche.

Minelia Xiu en los límites con Campeche.

El sueño de Minelia es encontrarse “cara a fauce” con el jaguar. No le tiene miedo, dice, porque no atacan a las personas.

En sus largas caminatas en las selvas del sur de Yucatán, Mine ha seguido los rastros del gran felino que hace honor a su nombre (báalam, bala’am, el acechador, el que se esconde). “Es muy difícil verlo. La mayor experiencia de cercanía que he tenido fue en una cueva, en donde el jaguar había estado momentos antes. Su olor todavía llenaba el ambiente y en el suelo estaban frescos aún los restos de un animal que había devorado”, cuenta Minelia.

Joven mayahablante natural de Mama, Minelia Xiu Canché colabora actualmente con la asociación civil Biocenosis y trabaja en una tesis sobre jaguares en Yucatán. “Muy poca gente estudia a los grandes felinos. En mi opinión es importante porque comprobar que existen todavía en ciertas áreas de la Península permitirá políticas orientadas a su conservación”, señala.

Y menciona el caso de Costa Rica en donde la desaparición del felino ya era oficial pero la repentina evidencia de su presencia de nuevo ha despertado gran interés y mayor conciencia sobre su papel en la naturaleza.

Una habilidad que ha abierto las puertas a Minelia es su lengua materna que es la maya. “Los pobladores más reacios enseguida se hacen comunicativos cuando me dirijo a ellos en maya”, cuenta. “Te invitan a pasar a su casa, te ofrecen el asiento o la hamaca”. Su idioma le ha permitido realizar casi una centena de entrevistas que son cruciales para el proyecto en que está colaborando.

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Un texto jeroglífico donde figura un jaguar bebé

Mi padre ha tenido la fortuna de ver al jaguar, hace como diez años. Iban él y su compañero Genaro de Maní a Becanchén cuando de pronto apareció frente a ellos un animal grandísimo (así les pareció), de color negro, detuvieron la camioneta, paralizados, hasta que vieron al animal adentrarse en la espesura. El aire hedía y animal se alejaba seguido por una parvada de pajarillos”.

Es el jaguar todavía hoy día motivo de veneración en las poblaciones mayas. “Cuando el jaguar ruge hace que hierva nuestra sangre”, le refiere un poblador. “Si ruge de cierta manera después de la lluvia sabemos que habrá buena cosecha. Si durante la sequía ruge de cierta forma sabemos que se aproximan las lluvias”, afirma su entrevistado.

El guía del equipo, un lugareño, les advierte de los peligros. “El jaguar se acerca esparciendo en el ambiente su olor nauseabundo. No cualquier perro puede seguirle el rastro. La mayoría se pone a aullar y casi todos se orinan de miedo. Sólo pueden seguirle la pista los canes que tienen la lengua con manchas… “

–Mis perros son de estos –presume Minelia.

Los enemigos del jaguar hoy día son los ganaderos (que talan la selva y los cazan luego por comer a sus animales) y más recientemente la llegada del coyote que no es propio de la región. El problema es que el coyote se alimenta de los mismos animales que el jaguar, explica Mine. “Y suele ocurrir que atribuyen al jaguar lo que el coyote devoró”. Rastros del coyote han sido visto en Río Lagartos, Celestún y Tzucacab.

En el sur, particularmente, los ganaderos suelen talar sin necesidad cientos de hectáreas dejando manchones de selva, aislando de esta manera al jaguar. Para cazar, éste se ve obligado a cruzar grandes extensiones deforestadas lo que lo expone a la vista de los cazadores. La alternativa alimenticia del felino es devorar al ganado.

Para remediar este problema, el Fondo Nacional contra ataque de carnívoros silvestres (que incluye al jaguar, al puma y los coyotes) se propone aliviar la pérdida del ganadero aportándole una cantidad para adquirir una nueva cabeza de ganado.

Mientras tanto, los trabajos para salvaguardar al jaguar están en marcha. Por ejemplo, un siguiente paso de los conservacionistas es la colocación de 30 cámaras con sensores de movimiento en 90 hectáreas en el sur de Yucatán.

En todo México se considera hay alrededor de 3,000 jaguares y la mitad de ellos estaría en selvas de la Península de Yucatán, comenta la bióloga.